lunes

A veces

A veces, uno camina por un sendero ya conocido, derecho y sin darte cuenta, pasa el tiempo y dejas de impresionarte por su entorno, por su ambiente, simplemente porque lo encuentras "igual que siempre", y dejas de ver.

A veces uno se olvida que para escribir, es necesario empezar a hacerlo, y siempre hay algo impresionante que te puede llevar a ella nuevamente, a sus rizos, a su piel... entonces el camino vuelve a tomar curvas, bifurcaciones, y paisajes que no sólo son diferentes, si no que te sientes obligado a aprovechar, porque sabes que nunca más volverás a verlo con los mismos ojos.

Que suerte que ahora tengo un buen sendero para caminar, que suerte que estás tú en él.

jueves

El beso

...Reúnes mis labios con los tuyos y el infierno se acerca, rozo tus comisuras entreabiertas, sin pudor masco suavemente tu borde inferior, sonríes y deslizas tu lengua por mi superior mientras reaprietas con fuerza tus brazos alrededor de mi cuello. Dejo caer levemente mi cabeza hacia un lado, tú haces lo tuyo y nuestros precipicios de abren arrojando a él nuestros surcos, mezclando carnosidades y saliva. Exhalas, inhalo, y mientras cerramos nuestros labios enderezamos nuestros cuellos. Besas tiernamente la punta de mi labio superior, invitación suficiente para acariciar la unión exacta entre tu cuello y tu mentón, te devuelvo la sonrisa.

...Libero una mano sólo para recorrer tu rostro, tus ojos cerrados, y con el pulgar, esos labios que tanto había esperado. Me acercas mientras reabres tu boca, y sin abrir los ojos nos besamos nuevamente, pero esta vez, iríamos más allá.

sábado

La manzana

...Sin tener muy claro si estaba soñando o no, Carlos decidió coger el fruto recién caído del árbol.

...
Era una manzana preciosa, con esa forma llena de curvas, amplias en la parte superior, convexa hacia el inferior, terminando en un sutil botón como base, voluptuosa, de un rojo mate cautivante, con pequeñas y sutiles pintas negras envolviendo cuidadosa y elegantemente su cáscara. Su frescor y aroma parecían llegar directamente a la zona donde se producía el más profundo bienestar… la felicidad. Embelesado, cerró los ojos y acercó su boca para sentir el primer bocado de una fruta que parecía ser sacada directamente del jardín de Dios.

...Su interior era maravilloso, su textura y temperatura eran perfectas, su sabor, delicioso. Era todo y más de lo que esperaba. Carlos inhalaba e hinchaba el pecho respirando profundamente, quería ser absolutamente consciente de aquel momento, para no olvidarlo, jamás.

...El sabor a sal comenzó a cubrir todo el interior de su mandíbula, poco a poco la textura se convirtió una pasta descomunalmente desagradable, que se metía entre sus dientes, y se adhería a las encías, se expandía dentro de él. La sal se fue transformando en amargura, profunda e incontenible. La pastosidad impedía que abriera su boca para escupir el pedazo; haciendo una mueca horrible abrió los ojos y observó la manzana de su mano, que chorreaba como una grumosa gelatina verde y café hasta sus muñecas, de donde salían gusanos y arañas que se descolgaban recorriendo su brazo.

...En un gesto de desesperación Carlos comenzó a agitar su mano, liberándose poco a poco de la asquerosidad que la cubría y de las espantosas criaturas. La manzana lloraba, y Carlos, asqueado, logró finalmente escupir el amasijo vomitivo que llenaba su boca por completo.

...Nunca logró volver a sentir el sabor de las cosas en su delicia máxima, como antes lo hacía. Esa amargura le llenaría la boca y tañería cada alimento que Carlos llevara a su boca, para siempre.

lunes

Mario

Mario estaba molesto, no tenía claro por qué, pero tampoco le daba mucha importancia, ya que desde hace un tiempo era común que se ofuscara sin motivo al menos una vez al mes, además creía que a todo el mundo le pasaba lo mismo.

Mario no podía sacar a esa mujer de su cabeza, antes había sido tan sencillo, con las otras, simplemente un día le gustaban, al otro le encantaban, y al siguiente ya le gustaba otra (sobre todo por su fama de enamoradizo) pero por algún motivo, simplemente no se podía sacar a esta muchacha, ella tenía un trato con él de afecto e indiferencia, y eso a él más lo confundía, ella pololeaba y hacía poco que se había mudado para vivir con “ese desgraciado” como le llamaba en sus pensamientos.

Mario no podía creer en lo que se había metido, que simplemente le gustara tanto, y no pudiera olvidarla, que no le pudiera gustar cualquier otra… ¡cualquiera!, no paraba de preguntarse ¿y si ES ella? En eso, de golpe le hizo sentido una frase, y como pocas veces en la vida, simpatizó con el lenguaje norteamericano, razonó acerca de eso del “fall in love”, diferente a “enamorarse”, mucho más profundo, ya que aquí “caes en el amor”, “caes enamorado”, aunque él no quería asumir si lo estaba o no, y no le gustaba preguntárselo, lo ponía incómodo, molesto.

Mario, mientras avanzaba por la vereda, pensaba que cuando uno cae puede ser por un tropiezo, porque uno no se cae solo, es porque algo o alguien lo provocó, a veces por intentar hacer algo que no sabías si eras capaz, buscando probarte ante un desafío, pero nunca por si solo, a veces por desconcentrado, pero no en situaciones normales, a veces otro(a) te empuja con algún fin, y te puedes caer al piso, pero puede llegar a ser más, te puedes caer a un precipicio y no subir más. “Caer” pensaba Mario -“Quitarte de mi vida lo podría hacer fácilmente, pero al sentir tu olor… mujer, ¿qué has hecho conmigo?”- y hundiendo su pie izquierdo en un pequeño desnivel de la vereda, tropezó, se acordó de lo molesto que andaba, frunció el ceño, siguió su camino, y pensó en otra cosa.

Estás

Tengo tu olor en mis manos, lo que indica que fue una sabia decisión tomar tu cuello al despedirme de ti. De alguna forma estás en la punta de mis dedos, así como por culpa del impertinente beso que intenté robarte después, mi trasero está en la punta de tus botas de taco alto.

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N.del A: ¿Comedia?

Se me olvidaba...

Puesto sobre la cómoda frente a tu cama, cuido tus sueños y observo tus despertares.

Me ha tocado verte bañada en pasión, sumergida en lágrimas, ahogada en rabia, y navegando en momentos disímiles que no encajan entre si.

En todos tus polos he querido abrazarte, estar contigo, ser yo aquel que te provoca ganas tan ocultas que incluso desconocías de ti misma.

Pero no puedo tocarte, no puedo besarte a través del plástico que me envuelve, a través del plástico que soy.

Cuando me tomas en una de tus manos, revuelves mi mundo como tantas veces ya lo has hecho. Se levanta la nieve, y mientras cae, aprovecho de derramar un par de lágrimas en tu honor, que nunca verás descolgarse, pero que sabes que están, por eso te da nostalgia cada vez que me ves.
















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N.del A: Sugiera su título.

jueves

A tres metros de distancia

...Felipe se encontraba recostado sobre la cama a unos pocos pasos de la puerta de su habitación, la luna llena entraba en esa fecha por la ventana del costado, iluminándola… Sin embargo, y a pesar que la observaba fijamente, su mente estaba en otro lado, mucho más lejos.

...Los tres metros de distancia, entre su cama y la puerta, sólo graficaban la real distancia entre él y Antonia; eran tantos los kilómetros de separación como pensamientos de ella llegaban a su cabeza por minuto; y ahí estaba dicha puerta, cerrada, inmóvil, estática, tan quieta que incluso provocaba una leve tensión en el solitario ambiente.

...Suspiró por última vez y decidió ir por ella, sin importar la distancia o la dificultad. Se sentó poniendo ambos pies descalzos en el suelo de madera, se levantó sintiendo el peso de su cuerpo sobre el piso. La puerta ya estaba un poco más cerca – “No te ves tan grande ahora”– pensó. Cuando dio el primer paso sintió los dedos de los pies como verdaderas piedras, toscos y pesados, no logró levantarlos. Hizo un segundo intento, con mucha más fuerza, cuando escuchó el tronar de esos dedos que, pegados al suelo, ahora podían observar la pierna que se había apartado de ellos. Felipe no podía creerlo.

...El paso ya había comenzado y necesitaba seguir avanzando, intentó saltar con el otro pie pero éste no se despegó del suelo, desequilibrándolo aún más y provocando que apoyara directamente el tobillo hecho pedazos en el suelo. El dolor fue inmenso, sólo comprable al que sintió cuando su otro pie, al levantarse por el impulso, también se partiera en dos, como si su cuerpo estuviera compuesto por una delgada lámina de hielo.

...Cayó de rodillas a un par de metros de la maldita puerta que en silencio también observaba la situación.

...Al continuar avanzando, sus pantorrillas se pulverizaron, lo que lo obligó a apoyar sus manos en el suelo. Arrojó un grito de dolor como el que nunca había lanzado y, perdiendo nuevamente el equilibrio, intentó reacomodar sus manos en el suelo, provocando otra fractura más en su cuerpo que se desangraba; Felipe había perdido ahora ambas manos y sus muñecas.

...Mareado, adolorido, y a un poco más de un metro y medio de la puerta, intentó empujarse con los muslos, que también colapsaron, botando sus caderas al suelo. El golpe fue tan grande como el aullido de sufrimiento, Felipe no se explicaba por qué nadie había subido en su ayuda.

...Forzó sus brazos para moverse hacia adelante, desprendiéndose de ellos por completo. Su cabeza golpeó el suelo de tal forma que la madera se quebró en el lugar del impacto.

...Así, sin extremidades y sólo con la fuerza de su cuello logró que la cabeza moviera su cuerpo en dirección al, ahora gigantesco, objetivo. Su torso se disolvió como arena, desgarrando su piel, desapareciéndolo poco a poco, destrozando también su mentón y el costado de la cara que apoyaba para avanzar. Felipe no se rindió, pero tampoco lo logró.

...Miles de kilómetros separaban la puerta de la cama de Felipe, pero no tantos como emociones de desolación sentía desde que ella había partido.